Pantera: Mucho más allá

 

El fotógrafo Dean Karr venía de colaborar con Tool en "Undertow" cuando recibió el llamado de Pantera para trabajar en la portada de su nuevo disco. La banda, movida por el deseo de transmitir su permanencia en la vereda del metal, quería algo extremo que representara su postura frente a la situación en la que se encontraban, convertidos sin querer en un fenómeno comercial en pleno apogeo.

Una de las propuestas de Karr les llamó la atención de inmediato: un ano siendo penetrado por un taladro. Se trataba de la más fuerte de las imágenes que el fotógrafo les mostró y, por lo mismo, sintonizaba a la perfección con el sentir del grupo. Inolvidable, para bien y para mal, la impactante foto era toda una inspiración para su autor, quien antes de cederla a Pantera la mandó a esculpir.

Pese a que el sello EastWest, propiedad de Warner, finalmente se rehusó a publicar el disco con esa portada, la banda contrató a Karr para realizar la cubierta que se fue a la imprenta. Era otro taladro entrando en un cuerpo humano, pero esta vez la zona perforada era un cráneo. La idea era relativamente similar: proyectaba la agresividad que Pantera deseaba conservar a toda costa.


Una revolución desde mi cama

John Lennon y Yoko Ono se casaron el 20 de marzo de 1969 en Gibraltar, tres años después de conocerse mientras ella, consumada artista conceptual, preparaba una exhibición que entre sus obras contemplaba una que le encantó al Beatle: "Pintura de techo", una escalera y una lupa que permitían ver un ínfimo "sí" escrito en lo alto. Los relatos más azucarados de la historia de la pareja dicen que, al bajar de la escalera, Lennon ya estaba enamorado de Ono, cuyo trabajo era una creativa escapatoria de todos los moldes que conocía hasta entonces, y de los que siempre estaba intentando salir a través de sus acciones en los Beatles.

"Pintura de techo" es muy representativa del tipo de arte cultivado por la japonesa. Su origen está en el sentimiento de negatividad que la embargó durante la separación con su segundo marido, Anthony Cox, con el que las cosas se volverían aun más agrias durante los setenta (Cox se integró a una secta con la única hija de la pareja y la mantuvo incomunicada por años). El "sí" plasmado en la altura era la forma en que Yoko Ono le daba un toque positivo a su propia vida. Del mismo quiebre surgió otro de sus trabajos emblemáticos: "Half-A-Room", una habitación llena de artefactos cortados a la mitad que representaba el vacío de su soledad tras la ruptura, su sensación de estar incompleta.

A John Lennon le conmovía la forma en que Yoko Ono convertía en arte sus dolores y sus penas. Necesitado de sanación, con inquietudes espirituales insatisfechas pese a todos sus viajes, tanto metafóricos como literales, el hijo ilustre de Liverpool se convenció de que en las ideas de su futura esposa estaba la clase de magia que siempre anduvo buscando. "Solamente creo en mí, en Yoko y en mí", terminaría cantando en ‘God’ desde lo más profundo de su corazón, un lugar donde ella se convirtió en ama y señora. Puede que los seguidores de los Beatles, acostumbrados a formas de belleza más convencionales, no viesen la grandeza artística de Ono, pero Lennon la veía con absoluta claridad y apostaba por ella de maneras concretas, incorporándola a su propio canon sin temer a las consecuencias.

Pocos días después de casarse, John y Yoko aprovecharon el revuelo mediático causado por su boda para entregar un mensaje a favor de la paz con un acto pacífico: sentarse en una cama del hotel Hilton de Amsterdam todo el día a pedir el final del conflicto en Vietnam, rodeados de reporteros desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche durante una semana completa (del 25 al 31 de marzo). La dinámica se repitió un par de meses después en Canadá, donde se grabó 'Give Peace a Chance' para coronar la manifestación, cubierta por todos los medios desde cada ángulo existente, con momentos tensos entre la pareja y la prensa, varios de ellos retratados en el documental "Bed Peace" y en otras retrospectivas audiovisuales.

Los "bed-ins for peace", como se conoció la luna de miel, son recordados por el look de los recién casados, de blanco igual que en su matrimonio, con los carteles de "hair peace" y "bed peace" sobre sus cabezas. Lennon, en sí un sarcástico, estaba consciente del escarnio público al que sería sometido, pero era más grande su fe en la visión de Ono, a quien usualmente los recuentos históricos no le hacen justicia. La mujer de la que el Beatle se enamoró era una de las figuras principales del arte conceptual, colaboradora y parte de un selecto grupo formado por maestros como John Cage y Peggy Guggenheim, tremendamente influyente en su área, con trabajos de índole feminista tan vigentes todavía como, por ejemplo, "Cut Piece", que pese a ser del 64 aborda tópicos candentes para la agenda feminista (la objetivización del cuerpo de la mujer, la trasgresión de su espacio personal, la violencia sexual, la subordinación al género masculino) valiéndose solo de la presencia de Ono y de una tijera para que el público recorte su ropa hasta desvestirla.

Yoko Ono criticaba la disparidad entre hombres y mujeres en su trabajo previo a conocer a Lennon, en el que luego encontró un compañero que la trató como a una igual. Los medios, el público masivo y la sociedad en general, ciegos al talento de Ono y con un evidente sesgo machista, nunca lo vieron así y por eso siempre la ningunearon. Ellos, en cambio, daban cátedra en los sesenta sobre admiración mutua en una pareja. Como para tomar nota.

Andrés Panes

(Publicado originalmente en marzo del 2019)


Regresar a casa impresiones musicales en cuarentena

Fotografía por Juanito Pérez

La primera foto que tomé esta cuarentena fue ese día que volví del campo. Estaba en la Estación Central, necesitaba ir al baño y recordé que en el patio de comidas había uno gratuito. Hacía frío, recuerdo, de hecho andaba con chaleco y la gente escaseaba, pero no las mascarillas y los vendedores de productos higiénicos. 

Si el apocalipsis ocurre, esas serán las imágenes de Santiago impresas en las membranas de los ojos. 

Pensaba, bajándome del tren, en Rodchenko. El viaje de San Bernardo a la Alameda cobraba la impresión de una escala de grises nítida, perspicacia de la mirada ante las posibilidades de los ángulos de las cosas. 

La primera foto que tomé días antes de la cuarentena oficial y días antes de mi encierro por completo en la casa, fue a las sillas apiladas sobre las mesas del patio de comidas del mall Arauco Estación. La luz incandescente sobre el material plástico de las sillas, la luz pálida que caía sobre el diseño futurista de estas: ángulos rectos, orificios en el respaldo, grises, damascos. Y filas que me recordaron al disco One hundred mornings de Windows 96 que tengo pegado y que oímos con Osvaldo, amigo músico, en su departamento que da a la intersección de Portugal con la Alameda.

El disco del brasileño Windows 96 (como se llamaría la actualización cancelada de Windows 95) tiene su raigambre en el lenguaje transmental de Velimir Jlébnikov. Una poesía sonora suprematista que se repliega más en las huellas de los signos que en la armonía pura y dura de lo melódico. Algo así remarca “Calígula” de One hundred morning, tema que hace lo que quiere con los synths. 

Pero no quiero detenerme solo en Windows 96. Los sonidos, de algún modo, se han solidificado durante la cuarentena. Algunos han hablado de la baja de la contaminación acústica, pero cuando fui a la Vega me di cuenta de que no. Seguíamos en el Santiago ochentero aspiracional, pero permanecíamos con las fauces abiertas si un mendigo –como vi en la compra de quesos en Arturito– dormía con la cabeza apoyada en la pared y vomitado de porotos con riendas. ¿Higiene? ¿Inmunidad? Poco y nada. 

La segunda foto que tomé y las siguientes han sido con una cámara Minolta 7000 AF, del año 85, copada por botones, la primera en ofrecer enfoque automático y avance motorizado del rollo. Mi ventana da al cerro San Cristóbal y al estacionamiento del edificio. Cada día, en un acto voyerista, fotografío los vehículos, la posición que toman en su espacio rectangular, delimitado. Camionetas de fletes, autos sedan, jeeps, incluso carritos de super he visto desde la altura del cuarto piso, altura que considero adecuada para fotografiar y conseguir planos que emulen cenital, nadir, qué sé yo. 

La verdad es que alucino con la portada de Construction time again, disco de Depeche Mode. Si pudiera copiar y fotografiar esa imagen lo haría mil veces. Un hombre con un martillo contra las piedras de una montaña. El azul opaco del cielo. Como si fuera la pintura apocalíptica El mar de hielo de Friedrich. O más allá: como Horizon perdido de Erik Bulátov, cuadro en que se representan personas vestidas a “la soviética” (como señala Boris Groys en Obra de Arte Total Stalin), y caminan por la playa hacia un horizonte marino, pero rojo, una línea plana, horizontal que atraviesa el cuadro. 

La pintura, como el tema “Landscape is changing”, posee esa negatividad engañosa del progreso, la desaparición del horizonte, la muerte de toda espiritualidad incluso. En los sonidos industriales de la canción y en la pintura de Bulátov se conserva ese germen que nos encierra y nos vuelve planos, bidimensionales, abstractos, etcétera. 

Sin embargo, el horizonte, el paisaje, necesitan recrearse. Y hoy, en cuarentena, tanto Windows 96 como Depeche Mode nos precisan que el futuro se aproxima rápido, más de lo que hemos creído. Es hoy.

 

Pablo Cheng

https://www.youtube.com/watch?v=9SbXMEl-goc&list=PLF667251340F6A42B
https://open.spotify.com/album/7KM5v855lI0ht12SZ7wVOw